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Antes de entrar en el Museo de la Gran Guerra Patriótica hay entender lo que dicha conflagración significó para una república como Bielorrusia, y para entender eso hay que entender primero cuales eran las intenciones de los invasores.
Los nazis no se comportaron igual en todos los países que ocuparon. Dependiendo del lugar que la nación ocupase en su aberrante división racial del mundo el carácter de la ocupación varió entre una versión más amable y la más brutal de las explotaciones, si bien en ningún lugar la población pasó a estar mejor que antes. Así la represión no fue total y se conservaron órganos de gobierno y económicos locales en Dinamarca, Bélgica, Holanda, Noruega e incluso Francia. Por el contrario todo el este de Europa y en especial la Unión Soviética sufrieron la versión más inhumana de la agresión alemana.
La brutalidad de la ocupación tampoco fue constante en el tiempo en los países menos explotados, pues fue subiendo de dureza con el devenir de la guerra y sobre todo a partir de que empezasen a pintar bastos para las fuerzas fascistas. Sin embargo en los territorios soviéticos el comportamiento del ocupante fue de máxima crueldad desde el mismo comienzo.
La población y la producción industrial y agrícola bielorrusas solo eran entendidas para los nazis desde la óptica de su utilidad para garantizar el suministro de las tropas de ocupación y el frente, suministro necesario para ganar la guerra. Su servicio a la población quedaba excluido. Miles murieron de hambre y todo lo considerado no necesario para las tropas fue desmantelado.
Bielorrusia no alcanzaría su población de antes de la guerra hasta 1971. En 1941 era de algo más de nueve millones de habitantes; en 1945 había descendido a los siete millones y medio, habían muerto uno de cada cinco bielorrusos. De los 300.000 habitantes de Minsk, al final de la guerra quedaban 50.000. De las 290 poblaciones de importancia que había en Bielorrusia antes de la invasión, en 1945 un total de 209 habían sido destruidas. Más de 9.000 aldeas siguieron la misma suerte. El 85% de la industria eran ruinas. En Minsk los alemanes organizaron uno de los mayores guetos judíos de la II Guerra Mundial (80.000 habitantes).
El sabotaje de las vías de ferrocarril que servían a los alemanes para mover tropas y suministros fue una de las principales actividades de estas guerrillas, aparte de la destrucción de almacenes de combustible, alimentos o armas, convoyes, etc. Para defenderse de una guerrilla tan activa como eficaz y numerosa el III Reich tuvo que destinar muchas tropas en retaguardia que hubiera necesitado en el frente. Los partisanos bielorrusos frustraron en la segunda mitad de 1943 entre el 40 y el 50 por ciento del movimiento alemán de trenes y entre 1941 y fines de 1943 consiguieron destruir 812 carros de combate y 255 aviones.
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Iván Victorovich.
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