jueves, 26 de julio de 2012

DEVALUACIÓN COMPETITIVA Y FALACIAS DE COMPOSICIÓN.

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Como es de dominio público, una de las recetas mágicas neoliberales para recuperar la economía de los países en crisis es que mejoren su saldo exterior, es decir, que aumenten las exportaciones y disminuyan las importaciones hasta que dicho saldo sea positivo. De esta forma se supone que el país afectado... ¡podrá utilizar los ingresos obtenidos para pagar sus deudas en el extranjero! El recurso histórico habitual para arreglar la balanza comercial de un día para otro era la devaluación monetaria. Los productos que vienen de fuera pasarán a costar más caros y perderán mercado, mientras que los que se exportan al extranjero se abaratarán en el país de destino y se venderán más. Como consecuencia la balanza comercial mejora.

Pero resulta que España no puede devaluar el Euro como en tiempos hacía con la peseta, ya que eso es competencia exclusiva del Banco Central Europeo, que como sabemos es independiente, en concreto de todo organismo elegido democráticamente. ¿Cómo sortear este inconveniente? Pues los neoliberales tienen una forma: la "devaluación competitiva" (o interna). Esto es: bajar los salarios (¡cómo no!) hasta que esto provoque una bajada de los precios. Por un lado esto permitirá vender al exterior más barato, mientras que por el otro la empobrecida población comprará menos productos importados.

Independientemente de que esa medida sea rechazable de entrada por suponer un empobrecimiento general de la sociedad (entre otras muchas cosas que no toca analizar aquí), a nivel europeo resulta una evidente falacia de composición. Muchas veces se defiende una medida determinada con el argumento de que ha dado buenos resultados localmente y se afirma gratuitamente que su generalización sería positiva (o funcionaría). Sin embargo puede suceder perfectamente que algo positivo a nivel local se torne en negativo si se generaliza (o no funcione). La afirmación falsa de que lo que es bueno para uno es bueno para todos tiene hasta nombre propio: falacia de composición. La propaganda oficial está llena de este tipo de falacias y la medida que nos ocupa es una de ellas.

Efectivamente: si un solo país toma la tortuosa vía de la devaluación interna podría conseguir lo que se propone a base de imitar a Corea del Sur. Sin embargo las más básicas nociones de contabilidad nos dicen que los déficit comerciales de unos son los superávit de otros, pues las mercancías no pierden o ganan valor milagrosamente al cruzar las fronteras como si fueran sidra que se estropea al pasar el Pajares. Por lo tanto la suma de todos los pagos y cobros internacionales es igual a cero. Consecuentemente cuando en un país ha mejorado la balanza comercial, forzosamente en otro (u otros) habrá empeorado. ¿Cómo podría darse la magia de que todos los países de la Unión Europea tuvieran superávit comercial al mismo tiempo? Teniendo en cuenta que pertenecen a un área económica extraordinariamente integrada y que la mayor parte de lo que exportan se lo venden entre ellos, eso no puede suceder de ninguna manera.

De esta forma los países de la Unión Europea controlados por el partido bicéfalo se lanzan a la devaluación interna al tiempo que la practicada en otros países la deja sin efecto, caminando así todos en cerrada columna hacia el empobrecimiento general y el aumento de la desigualdad. Todo ello además en un contexto de sobreendeudamiento masivo, lo cual resulta doblemente perjudicial por los efectos inflacionarios que tiene la deflación sobre la deuda, tal y como comentamos en un Manifiesto anterior.

Y ya que hablamos de todas estas cosas... ¿cómo no referirnos a la más notable de todas las falacias de composición?: la de las bondades de la bajada salarial.

Es totalmente cierto que cada empresario por separado saldrá beneficiado de una rebaja del sueldo de sus empleados porque aumentará su tasa de ganancia o podrá vender sus productos a mejores precios; generalmente nos encontraremos con una combinación de ambos. El único límite inferior lo impondrán la legislación vigente (bajo duros ataques en la actualidad), el nivel a partir del cual los trabajadores se rebelen (cada vez más bajo por lo que comentábamos en el Manifiesto anterior) o el punto a partir del cual la insatisfacción sea tan grande que la disminución de la masa salarial sea compensada por una productividad miserable (la esclavitud está aquejada de este problema: aunque la masa salarial es cero el rendimiento es una porquería y encima hay que alimentar, vestir y alojar a los esclavos; no sale rentable). Si hubiera un empresario que consiguiera que sus obreros trabajasen gratis, duro y encima satisfechos, sería imbatible. Nos guste o no, todo esto es así; al que no le plazca tendrá que ir pensando en defender otro sistema económico.

Pero si todos los empresarios bajan los salarios a la vez el resultado es muy diferente. Es de sobra conocido que uno de los pilares de la economía capitalista es el consumo siempre creciente de recursos y energía, dado que si este aumento no se produce nuestro sistema no funciona (esta cuestión con sus terribles implicaciones la desarrollé en este otro Manifiesto y los dos que le siguen). Evidentemente para que haya un consumo fuerte la gente tiene que tener dinero para comprar, pero lo que se está consiguiendo es justamente lo contrario: la gente cada vez tiene menos medios, con lo cual la demanda agregada y por lo tanto el consumo caen y con ello las ventas, con lo que la bajada salarial se compensa por el lado de los ingresos y el beneficio se reduce. En resumen: el mercado para los productos que se fabrican se encoge al tiempo que los salarios.

Habida cuenta de lo anteriormente dicho hay análisis que suponen que, con el tiempo, nuestros plutócratas se acabarán dando cuenta de lo equivocados que están cuando sus balances se resientan y terminarán abrazando de nuevo la política fordiana, según la cual a los obreros hay que pagarles bien para que puedan comprar tus coches.

Pero ese razonamiento ignora el tercer motivo que habíamos expuesto en el Manifiesto anterior para que los poderosos deseen la desaparición de la protección social ofrecida por el Estado: el poder. Ese razonamiento ignora que nuestros plutócratas con tal de aumentar su poder están dispuestos a perder riqueza absoluta. No en todo caso riqueza relativa, pues necesariamente esta habrá de aumentar conforme descienda el poder de los trabajadores (en la Inglaterra victoriana la burguesía vivía en opulentos palacetes pese a disponer en términos absolutos de mucha menor riqueza que los muy ricos de hoy en día).

¿Hasta qué punto las familias de rancio abolengo que nos gobiernan tratarán de empobrecer y bajar las condiciones de vida de los trabajadores? La respuesta no es "hasta donde empiecen a perder dinero" sino esta otra: hasta donde empiecen a perder poder. Es decir: hasta el punto que desemboque en una respuesta violenta y generalizada de la población.

Que nadie lo dude: si se le deja a su libre albedrío, la tendencia natural de nuestro sistema económico es reducir los salarios hasta el nivel de subsistencia, es decir, ese nivel por debajo del cual el trabajador no puede mantenerse a sí mismo ni a su familia.

Como vemos pues en estos tiempos oscuros que nos ha tocado vivir toda la política económica lleva a los mismos caminos: bajada salarial, desprotección social y protección de la deuda.
  • Temperaturas - máx: 28º C; mín: 15º C; actual: 20º C.
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Ceterum censeo Estados Unidos esse delendam.

Iván Victorovich.

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