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El levantamiento general cosaco de 1648 en los territorios de la actual Ucrania, bajo dominio de la corona polaca en detrimento de Lituania desde Segismundo II, marca un punto de inflexión: se inicia con este hecho la decadencia de la Mancomunidad y la pérdida de su condición de potencia en el este de Europa.
A partir de este momento graves problemas internos van a propiciar un declive de este estado plurinacional que acabará con su total desaparición en 1795. Si bien todos ellos ya se venían gestando desde el reinado de Segismundo III Vasa fue ahora cuando se exacerbaron y manifestaron con toda su intensidad.
Por un lado podemos mencionar un estado de guerra constante que acabará teniendo un efecto catastrófico sobre la economía y la demografía del estado. Aparte del levantamiento cosaco se encadenarán terribles guerras contra Rusia, Suecia, Prusia y el Imperio Otomano, en ocasiones en varios frentes al mismo tiempo. A diferencia de las acontecidas en el periodo anterior, esta vez no se circunscribirán al extrarradio del territorio, sino que afectarán a su corazón mismo causando gran destrucción. Este periodo de guerra continua será típico sobre todo de la primera mitad de esta fase histórica, pero ahondará los problemas estructurales que harán entrar al país en barrena.
Las dificultades causadas por la guerra ahogaron sobre todo a las clases populares y la baja nobleza, dado que la alta tenía mucho más margen de maniobra. Ya se sabe quién suele ganar en tiempos de crisis. La baja nobleza tuvo entonces que echarse en brazos de los más poderosos para sobrevivir, generándose por ello dentro del estado redes de lealtades e intereses enfrentados sin ningún poder central efectivo que pudiera contrarrestarlos. Los pequeños predios fueron convirtiéndose progresivamente en enormes latifundios según la gran nobleza adquiría posesiones de la pequeña y usurpaba más y más tierras comunales y campesinas, arrebatándole así a la población rural sus medios de producción. Como en todas partes y en todas épocas en que se produjo, este proceso de concentración y usurpación causó un gran aumento del grado de explotación del campesinado, el cual fue pauperizándose progresivamente al tiempo que la tierra perdía productividad. A este proceso estructural hay que añadir la concomitancia de altas tasas debidas a las guerras y las destrucciones por estas causadas, incluyendo el pillaje directo por parte de ejércitos extranjeros.
En estos tiempos tuvieron lugar además varias epidemias que encontraron en el desorden y una población debilitada el caldo de cultivo perfecto para propagarse con facilidad y causar una gran mortandad.
En estos tiempos tuvieron lugar además varias epidemias que encontraron en el desorden y una población debilitada el caldo de cultivo perfecto para propagarse con facilidad y causar una gran mortandad.
El campo se despobló y muchas villas quedaron abandonadas. En respuesta a la situación empezaron a darse revueltas campesinas que en muchas ocasiones se aliaron con otros eventos desestabilizadores contemporáneos, como las rebeliones cosacas. La aparición del bandidaje y los asaltos camineros fueron otra consecuencia de la pauperización del campesinado. La producción agrícola se desplomó.
El enorme poder de la nobleza impidió que el declive rural se compensase con un desarrollo de la manufactura y la burguesía urbanas, salvo algunas excepciones como la de Danzig (actual Gdansk). Así, en Lituania y Polonia se acumularon décadas de atraso económico y productivo respecto de sus vecinos tanto al oeste como al este. Las destrucciones de la guerra, las tasas desorbitadas y la pérdida de clientela por el empobrecimiento del campesinado acabaron por desmantelar las redes de la burguesía urbana en un tiempo en el que en muchos lugares de Europa se hacían más y más densas. Las ciudades también se despoblaron y como consecuencia comunidades como la judía, con gran cohesión interna y cultura urbana, aumentaron enormemente su peso demográfico relativo dentro de ellas.
Paralelamente a todo lo citado los órganos de gobierno se volvían cada vez más ineficientes y corruptos, con un Parlamento incapaz de aprobar las reformas que necesitaba el país debido al liberum veto y los intereses particulares y cortos de miras de las diversas facciones en él representadas. La gran debilidad del gobierno central impidió la aplicación de políticas económicas de estado, así que el mercantilismo y el proteccionismo bajo los cuales las potencias europeas desarrollaron sus economías apenas conocieron aplicación en la Mancomunidad.
Los intereses estrechos, fragmentados y enfrentados de la gran nobleza sustituyeron cada vez más a los del estado en su conjunto. Si por la causa que fuera los intereses de determinado magnate coincidían con los de una potencia extranjera, su red clientelar los defendía en el Parlamento en detrimento de los de la propia Mancomunidad y sus ejércitos privados se aliaban con los del enemigo o los dejaban pasar. La Mancomunidad de las Dos Naciones empezó a parecerse demasiado a un conjunto de Taifas.
Lituania, que había sido la más favorecida por las ganancias territoriales en Rusia bajo Segismundo III, será ahora la más perjudicada por las pérdidas y su misma capital llegará a ser ocupada por ejércitos extranjeros.
La decadencia fue también cultural. La influencia de las potencias extranjeras empezó a ser cada vez más importante, sobre todo la francesa y alemana. La gran nobleza imitaba todo lo que desde allí venía y la pequeña imitaba a la grande.
En el periodo final se desató una reacción reformista que incluso consiguió aprobar una Constitución de corte liberal para la Mancomunidad, pero ya era demasiado tarde. Poco tiempo después Rusia, Austria y Prusia se repartieron Polonia y Lituania entre ellos mediante tres particiones sucesivas. Con la última, en 1795, Lituania pasó a integrarse en el Imperio Ruso (salvo una pequeña parte en Prusia) y dejó de existir como entidad política hasta después de la I Guerra Mundial.
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Iván Victorovich.

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