Para mi discutir si los videntes, augures, adivinos o como quiera llamárseles tienen o no poderes es lo mismo que organizar un debate sobre si dos más dos son cuatro, el sexo de los ángeles o si es mejor ser una fuerza irresistible o un objeto inamovible. Tengo tan claro que todos ellos son sinvergüenzas, estafadores y/o chalados que el solo hecho de tener que hablar de ello es concederle al tema más importancia de la que merece; no tiene sentido alguno perder el tiempo discutiendo sobre una cuestión que no es más que una construcción metafísica del cerebro sin (valga la redundancia) existencia real: la posibilidad de predecir el futuro más allá de las evidencias objetivas.
Al hilo de esta cuestión resulta que hoy mientras conducía de vuelta del trabajo hacía la siguiente reflexión: si los videntes tuviesen poderes realmente, las personas que acuden a ellos deberían contar con una ventaja decisiva sobre el resto de los mortales, pues podrían anticiparse a los problemas y evitarlos. Consecuentemente quienes pagasen videntes deberían ser personas con éxito en la vida; triunfadores, vaya. Pero he aquí que parece ocurrir exactamente lo contrario: quienes acuden a videntes suelen ser precisamente personas poco satisfechas con sus vidas plagadas de problemas, problemillas o problemones. Por lo tanto no hay duda: si los videntes tuviesen realmente poderes, también existiría otra categoría abstracta de persona porque... ¡serían gafes!
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Iván Victorovich.
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